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Argentina – Brasil: a amizade mais grande do mundo

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Por Matías Koller Deuschle

Estamos frente a un escenario internacional inédito del que surgirán dos superpotencias, como son Estados Unidos y China. Ante este contexto, al que se suma la convulsión por la pandemia que ha azotado al mundo entero, en los próximos meses se moldeará el escenario internacional que nos regirá en las próximas décadas. Ante ello, es imprescindible que Argentina sea capaz de mover de manera ágil, eficiente y coherente las fichas del nuevo tablero global.

Para ello, en este artículo se procurará remarcar la relevancia que tiene la construcción de poder con otros socios, en este caso, Brasil, para insertarse de manera inteligente en el mundo que viene.

Construir poder juntos

Las Relaciones Internacionales son un campo donde existe un fuerte recelo por la soberanía nacional. No obstante, la construcción de poder compartido, debe ser un imperativo diplomático, en el cual un Estado sea capaz de fortalecerse tomando políticas conjuntas con otro(s), sin descuidar su propia soberanía. El poder compartido podría ser resumido bajo la premisa, bastante marketinera por cierto, de “juntos somos más poderosos”.

¿Qué ejemplos existen en el mundo de poder compartido? Quizás el caso más cabal es el eje franco – alemán, creado allá por 1963 y vigente hasta la actualidad, que ha implicado la coordinación de políticas entre ambas naciones por 6 décadas, y la dirección “de facto” de marcar el rumbo de la Unión Europea.

¿Y Argentina? ¿Podría construir poder compartido? La respuesta es sí, y es algo que se ha tratado de realizar en las últimas décadas con el país hermano de Brasil. Desde el histórico acercamiento entre Sarney y Alfonsín en los ‘80, los vínculos entre ambos países han mejorado considerablemente en los últimos 30 años. No obstante, fueron los presidentes del ‘giro a la izquierda’ de comienzos de siglo XXI, Nestor Kirchner y Lula Da Silva, quienes quisieron imprimir una nueva relación diplomática, buscando avanzar en la construcción de poder.

¿Cuáles fueron los resultados? En verdad, fueron excelentes en términos económicos, ya que se afianzó el vínculo de tal manera que se constituyeron como socios comerciales prioritarios para ambas naciones. En términos políticos, fueron más bien magros por una falta de voluntad de Brasil de sentarse a coordinar auténticas políticas con Argentina, por lo que terminó siendo un poder de facto, pero sin bases sólidas que garantizaran su sustentabilidad.

El congelamiento de la diplomacia bilateral

Tras la asunción de Dilma, particularmente durante su segundo mandato (2014 – 2016), las relaciones perdieron esa chispa inicial y ese intento de construir poder se fue desgastando. No obstante, el verdadero golpe de gracia vendría unos años más tarde en dos planos, el político y el económico.

Con respecto al ámbito político, la diplomacia bilateral sufrió duros golpes con la llegada al Planalto del actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro quien ha mantenido una postura contraria al gobierno argentino de Fernández. Polémicas declaraciones emitidas en Brasilia han generado fuerte malestar en Buenos Aires, a la par que ciertas medidas diplomáticas argentinas no han contado con el beneplácito brasileño.

De todos modos, el factor más preocupante ha sido el congelamiento económico: las relaciones comerciales entre ambos países, principales socios respectivamente, se han ido ralentizando en los últimos años. A lo largo del siglo XXI, Brasil venía representando entre el 14% y 20% de las exportaciones argentinas, siendo el socio prioritario lejos, ya que China recién se posicionaría a mediados de la segunda década con un 7% de las exportaciones a tal país. No obstante, según los índices de 2020, China desplazó como socio a Brasil, consolidándose como principal socio comercial para Argentina; una tendencia que parece que vino para quedarse.

¿Cuál sería el problema de cambiar a China por Brasil? Dos son los problemas. En primer lugar, el vínculo argentino – brasilero se basa en la agroindustria y la industria automotriz y mecánica, mientras que aquel con la nación asiática representa para la Argentina simplemente la exportación de materias primas.

En segunda instancia, Brasil es una nación latinoamericana con la cual mantenemos un sistema de creencias similar, un pasado y un presente común y somos vecinos. Esto último resulta clave con respecto a lo primero que mencionábamos: la construcción de poder. ¿Se imaginan construir poder con el país que queda exactamente en la otra punta del mundo? (Busquen la antípoda de Rosario y verán que es Beijing). Es muy difícil, casi imposible. En cambio, con Brasil resulta fácil, e incluso necesario para el bien de ambas naciones.

Una auténtica asociación estratégica

Muchas veces en el ámbito diplomático solemos ver que se plantea la noción de asociaciones estratégicas entre las naciones. Vamos con un ejemplo hipotético: si el presidente de Argentina viaja a Polonia, probablemente las declaraciones serían del tipo “nuestros países están comprometidos a seguir avanzando con una agenda común y profundizar la asociación estratégica”. Sin embargo, con todo el respeto a la quinta economía de la Unión Europea, ¿qué tan estratégico podría ser el vínculo con Polonia?

Así, vemos que el término estratégico es usado tan frecuentemente, que pierde su auténtico significado. Por ello, tiene que ser empleado en los casos claves, donde el vínculo bilateral sea auténticamente estratégico, como es el caso de la relación Argentina – Brasil.

Una auténtica asociación estratégica, que permita la conformación de un eje sudamericano Brasilia – Buenos Aires, donde se coordinen políticas intergubernamentales en materia política, comercial, financiera, de inversiones, culturales, entre otros aspectos, permitiría a la Argentina poder avanzar en una inserción inteligente y sostenible en la esfera internacional. Juntos somos más fuertes, ¿no?

Algunas reflexiones finales

Como señalamos al inicio, Alemania y Francia son un ejemplo de construcción de poder compartido. Ambas naciones europeas han sido históricas rivales, sin embargo,  en 1963 decidieron amigarse y lograron lo impensable. La estrecha relación en términos interestatales estuvo acompañada por una coordinación intergubernamental ininterrumpida, pese al hecho que, desde 1970 hasta la fecha, los gobiernos han tenido ideologías contrapuestas: así, en los ‘70, el socialista de pasado marxista, Willy Brandt, profundizó el vínculo con el aristócrata liberal, Giscard D’Estaign, mientras que en los ‘80 y ‘90, la balanza se invirtió y el conservador Kohl dialogó con el socialdemócrata Mitterrand, avanzando en la conformación de la Unión Europea y la creación del Euro. Por último, la conservadora Merkel convivió con el liberal Sarkozy, el socialista Hollande y el socioliberal Macron. Ninguna de estas diferencias ideológicas por 5 décadas han dañado al eje.

Entonces, volviendo a Sudamérica, ¿por qué las discrepancias coyunturales con Brasil tendrían que dañar nuestro vínculo? Claro que de esto también depende la visión que Planalto – Itamaraty desee tener con la Casa Rosada – Palacio San Martín, pero nosotros debemos entender lo importante que es Brasil.

Brasil es nuestro mayor amigo, vecino y socio, con el cual podemos, tenemos y debemos construir poder, creando una asociación estratégica que nos permita desenvolvernos de manera inteligente en la arena internacional.