Observatorio Internacional

El Reino Unido y el Brexit: péndulo entre Europa y los mares

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Por Matías Koller Deuschle
Los hechos

En 1958 se creó la Comunidad Económica Europea (CEE)[1] tras la firma del Tratado de Roma por los países más prósperos del corazón de la Europa Occidental. En ese contexto, la economía británica tenía fuertes problemas económicos, por lo que formar parte del flamante y pujante bloque comercial europeo podía ser una solución a su delicada situación macroeconómica. 

De todos modos, su ingreso se hizo esperar. En 1963 el presidente francés, el General Jacques De Gaulle[2], vetó su ingreso al tildar al Reino Unido del ‘caballo de troya de los norteamericanos’. Recién en 1973, tras el cambio de signo político en el país galo, los británicos lograron su ingreso al que, dos años más tarde pusieron en Referendum para corrobarar que la voluntad popular sea la de formar parte del Mercado Común europeo.

Desde los ’70 ha habido grandes avances en la Unión Europea, conocidos como el proceso de ‘expansión’ y ‘profundización’. Es decir, de 6 países iniciales, la Unión se expandió hacia todos los puntos cardinales de Europa, contando con 28 miembros[3]. Además, las instituciones se profundizaron, avanzando en términos económicos y comunitarios.

Estos cambios no fueron sorpresa, dado que se fueron desarrollando durante décadas. Lo verdaderamente ‘sorpresivo’ fue el Réferendum convocado por el ex primer ministro conservador del Reino Unido, David Cameron, en 2016. En dicha oportunidad, el pueblo británico optó por ‘Leave’, es decir, por retirarse de la Unión Europea.

Ante tal situación, nos preguntamos ¿qué fue lo que motivó a los británicos a tomar tal decisión? ¿Fue realmente repentino o siempre hubo un cierto ‘euroescepticismo’ latente en el Reino Unido?

Algunas hipótesis

Para entender la política exterior del Reino Unido desde el ’73 en adelante, buscaremos centrarnos en dos nociones claves como son la identidad y el interés nacional. Ambos conceptos se encuentran entrelazados por la coyuntura, ya que al momento de ingresar a la antigua Comunidad Económica, la economía británica, como señalamos previamente, se encontraba en recesión (interés) y el antiguo Imperio dueño de un cuarto del globo, había perdido casi todas sus colonias (identidad).

Resumiendo, Reino Unido ya no era el mismo. El Imperialismo británico iniciado con fuerte crueldad en la Era Victoriana del siglo XIX, y del que los habitantes de la Isla europea estaban (o están, mejor dicho) tan orgullosos, había quedado en el pasado. A su vez, el país estaba quedando rezagado frente a los alemanes, los franceses e inclusive, los italianos. Algo había que hacer, y precisamente, lo que decidieron en aquel entonces fue unirse a los países de Europa que estaban tomando la delantera en el crecimiento económico.

De esta manera, Reino Unido intentó amoldar su identidad, pasando de mostrarse como una potencia imperialista y global a una nación europea en pos de acoplar esta nueva imagen al interés nacional.

De todos modos, retomando la idea de lo ‘coyuntural’, si bien sabemos que los intereses son volátiles, la identidad de los británicos también lo es. En verdad, ellos se consideran parcialmente europeos, distanciándose del ‘continente’ al verse como un puente entre la masa continental y su hijo pródigo, Estados Unidos.

Y de este hecho deviene la segunda cuestión: la herida profunda que sufrieron los británicos en la última década y que dañó su orgullo y prestigio, o mejor dicho, la nueva identidad que estaban construyendo como nación más europea. Desde el ingreso de Reino Unido a la UE, aquellos habían sido el nexo con la UE al haber una gran afinidad entre sus mandatarios. Ejemplo de ello son la sinergia entre los conservadores liberales Thatcher – Reagan o los creadores de la ‘tercer vía’ socioliberal, Blair – Clinton. Esta buena relación perduró al comenzar el siglo XXI, con la invasión a Irak en 2003, cuando Reino Unido le dijo que sí a la guerra, a diferencia de la mayor parte de sus pares europeos. Además, durante todos estos años era indiscutible que la bolsa de comercio de Londres estaba ligada a aquella de Nueva York, dos de las principales plazas bursátiles del mundo.

Sin embargo, el cambio se produjo con la asunción de Barack Obama en 2008 cuando el tradicional eje diplomático Washington – Londres se esfumó para dar lugar al eje Washington – Berlín. A esto debemos sumar un cierto auge de otras plazas bursátiles como Amsterdam o Frankfurt y la relavancia del eje subregional en Europa, el eje París – Berlín.

Con este panorama, los británicos fueron víctima de algo terrible para su orgullo nacional: ser irrelevantes en el escenario internacional. Si bien seguían siendo una de las principales potencias económicas del globo, a nivel europeo, como señalamos, las principales decisiones eran tomadas desde París y Berlín, pasando por este último país aquellas decisiones vinculadas a los Estados Unidos.

Así, en gran medida, la parcial identidad del Reino Unido como parte de Europa se fue esfumando para dar lugar a aquellos recuerdos melancólicos en los que ellos decidían su propio destino (y el de casi todo el mundo). Sumado a esto, el interés nacional buscó acoplarse a la nueva identidad que se estaba gestando.

Volver a ser globales

El Referéndum de 2016 pareció canalizar aquellas demandas insatisfechas durante años por los insulares, como por ejemplo, poner un freno a la inmigración. Sin embargo, es parte de un proceso mucho más profundo que está calando en la sociedad.

De todos modos, desde aquella proclama popular casi cuatro años atrás hasta la fecha el Producto Bruto Interno (PBI) británico no ha dejado de caer. El país se vio envuelto en una serie de negociaciones con las instituciones por 3 años que solo generaron inestabilidad política y social. A la fecha, los resultados no resultan positivos.

Sin embargo, las expectativas de los británicos parecen no haber desaparecido. La asunción en julio de 2019 de Boris Johnson permitió lograr unas negociaciones tan veloces que en un par de meses logró cumplir finalmente con el retiro del Reino Unido, algo que a su predecesora, Theresa May, le había resultado imposible concretar.

Con todo esto, desde el 01/02/2020, Downing Street y el Foreign Office deben respirar aliviados. Nuevamente son libres, capaces de decidir por sí mismos sus designios sin estar atados a una política comunitaria. Ahora es cuestión de esperar dos cuestiones. En primer lugar, el trato que le darán sus ‘antiguos’ pares europeos respecto a la posibilidad de acuerdos de libre comercio. Y en segundo lugar, y quizás más importante, el rol que le asignarán sus viejas colonias en las relaciones económicas – políticas. A modo de ejemplo, India, la antigua joya del Imperio Británico, sometida durante siglos al yugo inglés, hoy es una pujante potencia media con un PBI mayor al de su ex metrópoli. La relación no es asimétrica como en el siglo XX, sino que varias de sus ex colonias llevan la delantera en este nuevo orden mundial.

De todos modos, los ingleses vuelven a navegar los mares. Sus barcos y su diplomacia pueden llegar a puertos de todo el mundo como Nueva York, Rotterdam, Calcuta, Shanghái, Hong Kong, Nueva York o a donde ellos deseen con total libertad. La cuestión es que sean bien recibidos.


[1] En 1991 cambia su nombre por el que conocemos en la actualidad (Unión Europea) con la firma del Tratado de Maastricht.

[2] Recordemos que en el contexto de Guerra Fría, el presidente De Gaulle promovió una especie de “tercera posición”, tratando de reducir la influencia norteamericana en los espacios europeos.

[3] Desde el 1/2/2020 son formalmente 27, tras la retirada británica.