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Entre Ferrer, modelos de acumulación y debates con la ortodoxia

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Por Emilio Pereyra Salvetti

No debe existir en el análisis de historia económica argentina nada más trillado que debatir sobre el “modelo de acumulación virtuoso”. Entendido el “virtuosismo”, sencillamente, como lo garante de: crecimiento y desarrollo. Charlemos dos palabras sobre esto…

Desde la perspectiva teórica neo-clásica y conservadora (reflejada en muchos casos en un masificado “sentido común”) se declara convencidamente que el modelo de acumulación virtuoso es el de principios del siglo XX. Reafirmo el convencidamente porque no encuentran fallas en observar un PBI que se expandía a altas tasas, y hacer un díscolo y poco profesional marco comparativo con los PBI de principios del siglo XXI -aparte de una tonelada de errores conceptuales que, francamente, cuesta escuchar de algunos “licenciados”-.

La consigna que planteo dejar en esta breve observación es, por un lado, la inconsistencia de que Argentina deba volver a un modelo de acumulación primario para garantizar su éxito geopolítico, internacional, social y económico (si es que por otro lado, dicha conversación sea fácticamente posible). Debido a que, sencillamente, Argentina PERDIÓ EL TREN DE LA HISTORIA. Perdón, el pesimismo histórico no es equivalente a la resignación, aclaro… (ruido de mate).

El tren de la historia no lo pierde en la década del ’30 (cuando precisamente comienza a matizar su modelo agro-exportador), de hecho, en dicha época se alinea a los parámetros mundiales, teniendo su máxima expresión entre ’45 y ’55, donde se sabe catalizar y conducir la “Revolución Industrial como incorporación de progreso técnico” que se estaba dando en los países de centro.

Argentina pierde dicho tren en 1955, donde se produce un hitus de casi 50 años de ambivalencias (lo que se conoce, a grandes y generosos rasgos, en la disciplina como dinámica stop and go). De allí que el mismo Ferrer entienda al proceso previo del ‘55 como una industrialización inconclusa (casi se puede sentir la perplejidad y la angustia en términos conceptuales).

En dichos 50 años se juega en un tablero a-histórico. Se plantean estrategias de inserción obsoletas y poco articuladas, con efímeras garantías a corto plazo (circunstanciales entradas de divisas, por ejemplo). Ni siquiera el interregno del ’73 es francamente fructífero, más allá de su invaluable aporte teórico en materia de planificación gubernamental.

De hecho, cuando Argentina se “re-inserta”, si se quiere, al mundo de la mano del “progreso globalizador neoliberal” (véase las gigantescas comillas, gracias…) a mediados de la década del ’70, hasta principios de los 2000, entra con una desventaja de casi 20 años de atraso y ruptura lineal de desarrollo donde, insisto, las condiciones de expansión industriales fueron superlativas (y, claramente, desaprovechadas). Es decir, Argentina se inserta al mundo tal cual lo conocimos hasta hace por los menos 5 años (1980-2015), conocido por la primacía estadounidense y la hegemonía neoliberal, con saltos de tiempo y espacio. Es decir, no supimos, bajo ningún punto de vista, interpretar los tiempos históricos correctamente. En términos ejemplificadores: es como si usted quisiera competir en una maratón de 25km sin una pierna.

Entonces, Argentina pierde el tren de la historia por incompetencia de interpretación (y complicidad canallesca), no por el “abandono” de un determinado modelo. De hecho, uno podría definir los 50 años que van de 1955 a 2005 como un: persistente pero desarticulado modus operandi de inserción internacional.