Observatorio Internacional

Una diplomacia a la veneciana: Italia, entre Oriente y Occidente en el siglo XXI

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Por Matías Koller Deuschle

La política exterior italiana resulta relativamente fácil de comprender en sus grandes pilares. Desde la Segunda Guerra Mundial y tras la fundación de la República de Italia en 1946, se compone de dos ejes, como son el fuerte europeísmo y el vínculo transatlántico con los Estados Unidos. Desde entonces, ningún partido político gobernante, ni de izquierda o de derecha[1], ha llevado adelante algún cambio diplomático de magnitud. Así, la Farnesina, como se conoce al Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, tradicionalmente ha llevado adelante una diplomacia de bajo perfil, donde se acopla a la visión internacional promovida en Washington – Bruselas – Berlín.

No obstante, si los vínculos con Estados Unidos y la Unión Europea se basan en un excelente entendimiento, ¿cómo se mueve Italia en la arena internacional respecto al resto de los actores y regiones del globo? Para responder esta pregunta, se propone como hipótesis que la política exterior italiana sigue las pautas diplomáticas de una de sus predecesoras, la Serenísima República de Venecia.

Venecia.

Hoy, una de las ciudades más bellas del mundo. Hace unos siglos, una poderosa y rica ciudad (o mejor dicho, República), que controló durante la Edad Media y hasta el siglo 18, las principales rutas del Mediterráneo Oriental. ¿Cómo fue posible que un territorio tan pequeño sea tan próspero, como se observa en las construcciones que nos ha legado? La respuesta es sencilla: Venecia logró controlar las rutas marítimas y el comercio. Dicho de otra manera, Venecia supo ver donde estaba la riqueza, trazar las rutas hacia allí y comerciar con sus habitantes.

Además, la ciudad de los canales, si bien contó con una gran armada, no se ha involucrado en mayores conflictos, sino que por el contrario, fue una potencia pacífica, que ha logrado llevar progreso a través del comercio, en lo económico; y los consulados, en materia jurídica.

Pero… ¿y hacia dónde se dirigían los barcos venecianos? Siempre, hacia Oriente. Hacia Grecia (otrora Bizancio, la ciudad más rica del mundo en tiempos medievales), el Levante (como se conocía a los reinos en la Edad Medieval en el Mediterráneo Oriental) e incluso, hacia el Mar Negro. El siguiente mapa sirve de referencia.

Sin embargo, Venecia decayó. La visión internacional veneciana, antes a la vanguardia, no logró comprender de dónde provendría la “riqueza” que llegaría a Europa a partir de 1492: América. Es decir, no lograron distinguir hacia dónde debían re-orientar sus rutas, con quienes convenía comerciar.

En verdad, a los venecianos les iba muy bien comerciando en el Mediterráneo Oriental, por lo cual nunca han tenido que buscar nuevas rutas. Mientras tanto los castellanos, seguidos de los neerlandeses, ingleses y franceses, empezaron a explorar el mundo hacia Occidente, hacia las Indias Occidentales, o como la conocemos hoy en día, América. Esto no implicó un empobrecimiento de Venecia, sino un declive relativo en comparación con otras potencias emergentes.

Italia.

Como señalamos previamente, Italia tiene dos ejes claros en su política exterior: Estados Unidos y Europa, con los cuales mantiene un acoplamiento. De todos modos, sí es posible distinguir un área donde la política exterior italiana tiene un brillo propio: el Mediterráneo, particularmente el Levante. Precisamente, el Ministro de Asuntos Exteriores de Italia, Di Maio, realizó su primera gira internacional del 2021 a Jordania y Arabia Saudita, en busca de inversiones para fomentar el comercio de su país en aquellas áridas tierras. Por su parte, el año previo, la Farnesina había culminado el 2020 con un viaje comercial a Qatar, Algeria y la vecina Albania. Vuelvan a observar el mapa de las rutas venecianas y verán que el horizonte es, varios siglos después, el mismo.

Dicho esto, que Roma tenga una mirada próxima y concreta en términos diplomáticos y comerciales respecto a los países de Medio Oriente es una gran noticia, ya que allí cuenta con grandes socios. El asunto es evitar que la octava economía del mundo, estancada económicamente hace una década, no caiga en la trampa de su predecesora Venecia. Italia seguirá siendo económicamente sólida y fuerte, pero su peso relativo caerá considerablemente frente a nuevas naciones que están emergiendo (o que ya lo han hecho) en la arena internacional.

¿Qué debería hacer Italia de cara al futuro? Mirar hacia el Oeste, donde Venecia no lo ha hecho en 1492: a América, concretamente, Latinoamérica. Dicha región es un territorio de grandes oportunidades para las inversiones de capital italiano. Particularmente Argentina y Brasil, donde habitan entre ambos países 60 millones de descendientes de italianos, es decir, una Italia entera. Así, con un mercado capaz de entender la idiosincrasia italiana, producto del estrecho vínculo cultural, América Latina debería ser una región clave en su política exterior.

La carta china.

En la Edad Media, algunos viajeros venecianos lograron llegar muy lejos, trazando una ruta de donde provenían riquezas inimaginables, aún mayores que las del Levante. La tierra de las especias exóticas era, ni más ni menos, que China; reino al que, según las leyendas instaladas en el imaginario social, un veneciano como Marco Polo logró alcanzar en el siglo 13. Así, los venecianos fueron los primeros occidentales en entender que debían comerciar con el Lejano Oriente, es decir, India y particularmente, China, de donde provenían grandes riquezas; trazando la “Ruta de la Seda”.

Mucho tiempo después, la historia dio un pequeño giro: luego de 800 años, el gobierno chino lanzó su iniciativa “Nueva Ruta de la Seda”, con la que busca conectar a través del comercio e inversiones China con Europa (y con todos los territorios en el medio). Curiosamente, el puerto elegido por los chinos para desembarcar en Europa es Venecia. Frente a ello, la política exterior italiana debe estar a la altura de los hechos y ver qué lugar le confiere al nuevo eje económico del mundo, como es la región del Indo-Pacífico.

Conclusión.

La diplomacia italiana debe tener posiciones más activas en lo que refiere a otras regiones más allá de Europa y Estados Unidos. Si bien considera al Mediterráneo Oriental como una zona de influencia donde puede proyectar su imagen diplomática, la política exterior italiana no debe limitarse a ello, sino que debe trascender su horizonte más cercano.

Curiosamente, las mejores respuestas al futuro italiano se pueden encontrar en su pasado. Para ello, los diplomáticos de la Farnesina deberían darse una vuelta por el Palazzo Ducale di Venezia, para evitar caer en la trampa en la que cayó la República Veneciana, aprovechando las nuevas oportunidades en el Lejano Oriente y en los “confines” del Sur de Occidente.


[1] Cabe señalar que, a diferencia de otros países europeos, donde la centro-izquierda es más bien contraria a Estados Unidos, en Italia tradicionalmente ha defendido posturas neutras o incluso favorables hacia Washington. Por otro lado, la centro-derecha, favorable a Estados Unidos, también lo es hacia Europa. Las críticas de ciertos partidos de derecha italiana no radican en un sentimiento anti Unión Europea, como lo manifiestan los británicos, sino más bien en el funcionamiento de ciertas instituciones comunitarias.