El papel clave que juega Rusia en el conflicto en Siria

Por Camila Elizabeth Hernández

La política exterior de la administración Putin se basa en posicionar a Rusia como una potencia de primer orden a nivel mundial, como lo era en los tiempos soviéticos. Es por esto que ha desplegado su accionar en varios lugares del mundo para expandir su influencia militar, económica y política. La región del Medio Oriente forma parte de esta estrategia con pretensiones globales. Las inestabilidades que atraviesa esta región le permitieron a Rusia expandir su influencia y ofrecerse como un mediador de estos conflictos, por un lado, y disminuir la presencia de Occidente, por otro.

Como consecuencia de la incursión que hizo el Kremlin en Ucrania en 2014, sanciones económicas le fueron impuestas, lo que obstruyó su acceso a las inversiones extranjeras y las tecnologías occidentales, añadiendo más dificultades a la economía en franca retracción. Siguiendo a Styagin (2017) podemos afirmar que Rusia estaba perdiendo su status como un poder hegemónico en el mundo, por lo cual el gobierno de Putin se propuso cambiar las normas y reglas mediante las cuales el orden mundial está “gobernado”. Es decir, Moscú busca la restauración de la esfera de influencia rusa, para así poder volver a jugar un papel importante, si no dominante, en las relaciones internacionales.

Es en este marco que podemos ubicar la intervención en Siria. Si bien la ex Unión Soviética ya poseía fuertes vínculos con el gobierno sirio, en el momento de su colapso éstos se estancaron. Solo luego de la llegada de Vladimir Putin al poder en el año 2000, Moscú reanudó una política activa en Medio Oriente. En la siguiente década, la política rusa en la región estuvo marcada por un factor que ha ido cambiando el contexto geopolítico regional y, en cierta forma, internacional, como lo fue la llamada “primavera árabe”. El Kremlin temió que la agitación  política en Medio Oriente pudiera contribuir a la radicalización de las poblaciones musulmanas y al extremismo violento, incluso dentro de Rusia, debido a su conflicto en Chechenia y a los episodios violentos en otras repúblicas predominantemente musulmanas en el Cáucaso Norte.

En este contexto, y luego de cuatro años de guerra en Siria, iniciada por los enfrentamientos producidos entre el gobierno de Bashar Al-Assad y la oposición en 2011, Rusia comenzó a intervenir en el país directamente a través del envío de tropas y armas. La intención del gobierno de Putin era, en este caso, la de apoyar al gobierno sirio para que se mantenga en el poder, y constituir un éxito en lo que refiere a su política exterior.

En Siria, a los manifestantes civiles se les unieron las milicias insurgentes, que, junto con las actividades de grupos terroristas como el ISIS, causaron la peor guerra en lo que va del siglo XXI, según lo considerado por una nota de El País de marzo de 2020. La internacionalización del conflicto llevó a que varios Estados como Turquía, Rusia, Estados Unidos o Irán intervengan y funcionó como un desestabilizador para la región. Si el gobierno de Putin es capaz de encontrar una solución a este devastador conflicto, eso le permitirá al país erigirse como un poder importante en Medio Oriente y legitimar su accionar en Siria.

Preservar al régimen de Bashar al-Assad asegurará definitivamente la presencia rusa en el Mediterráneo y le permitirá a Moscú preservar una voz significativa en la política regional. De hecho, Siria es el único país en el Mediterráneo que puede proveer a Rusia con bases navales y aéreas para el apoyo aéreo del escuadrón naval mediterráneo ruso. Rusia posee una base naval en Tartus y una base aérea cerca de Latakia, lo que le permite expandir su influencia en esa zona y minar el poderío de la OTAN, alianza militar creada por Estados Unidos con los países europeos occidentales y Canadá, para resguardarse de la ex Unión Soviética. Luego de la disolución de ésta última, la OTAN continuó funcionando y llevó a cabo intervenciones en varios países que pertenecían anteriormente a la Unión Soviética. Putin pretende minar el poderío de Estados Unidos y de la OTAN en la región y afectar su relación con Turquía, miembro desde 1952, como se explicará más adelante. En este sentido, el artículo 4 del tratado ha sido invocado a fines de febrero por Turquía luego de recibir ataques contra sus posiciones militares en Siria. Este hecho resulta importante a nuestros análisis ya que parecería que Erdogan, luego de su acercamiento con Moscú, podría nuevamente posicionarse del lado estadounidense y europeo.

Para legitimar su accionar en Siria, Rusia argumenta que el envío de tropas tiene el propósito de luchar contra los “terroristas”, legitimando así también sus posibles ganancias en Siria a los ojos de la comunidad internacional. Neutralizar la “amenaza terrorista” en tierras lejanas para defender a la población rusa por la posible migración de esa amenaza también sirve como propaganda doméstica.

Rusia procura explotar lo que ve como fallos de las políticas occidentales en Medio Oriente y erigirse como una alternativa para los líderes regionales. Además, su presencia en el conflicto sirio le permitió posicionarse como un “mediador indispensable” en la resolución de las controversias, y fortalecer sus relaciones con otros actores que se encuentran involucrados. Este es el caso de Turquía, pero también de otros países como Israel o las denominadas “petromonarquías”, en especial con Arabia Saudita. Mediante una disposición al uso de la fuerza militar y una actividad diplomática fuerte, Moscú supo mostrarse como un aliado importante para varios países en la región, y así ir minando la presencia estadounidense.

Rusia ha logrado tratar con países y grupos con intereses totalmente contrapuestos e incluso enfrentados entre sí. Ejemplo de esto es el acuerdo de Paz de Astaná de 2017, proceso iniciado por los líderes de Rusia y Turquía y al que luego se unió Irán, que pretende poner fin a la guerra siria al establecer negociaciones entre el gobierno sirio y la oposición. Lo interesante de este proceso es que luego se sumó la Organización de Naciones Unidas (ONU) y otros países como observadores, caso de Estados Unidos. Actualmente, parecería que los tres países se están acercando a un consenso que incluye la retirada del poder de Bashar al-Assad y un acuerdo de alto al fuego, con la conformación de un gobierno de transición que incluya representantes de la oposición. Sin embargo, todavía es incierto si Rusia va a aceptar un acuerdo que saque a al-Assad del poder.

Fuente: Al Jazeera

Así, a continuación veremos más en detalle algunas de las alianzas que resultan clave para comprender las relaciones que construyó Rusia con otros actores importantes a fin de buscar una resolución al conflicto sirio.

En primer lugar, la alianza entre Moscú y Teherán en Siria está basada en el interés común de mantener al régimen sirio en el poder. Ahora bien, existen divergencias en el escenario post-conflicto por el poderío regional al que ambos países aspiran, ya que sus estrategias suponen roles excluyentes.

Por otro lado, la alianza con Ankara es situacional en la más grande confrontación con Estados Unidos y Europa Occidental, ambos buscando una dominación regional en el Medio Oriente. Sin embargo, mientras los intereses turcos están relacionados directamente con la frontera que comparten con Siria y donde la población kurda quiere tener su región independiente, Rusia está jugando en un panorama más amplio, como bien ya se mencionó. Turquía no solo se niega a concederles la autonomía sino que quiere que los kurdos desalojen 30 kilómetros de la frontera. Además, considera como terrorista al grupo de las Unidades de Protección Popular (YPG), por sus vínculos con las milicias del Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK). Las milicias kurdas forjaron una alianza con Estados Unidos bajo el compromiso de que les ayudarían a combatir al Estado Islámico y posteriormente se fueron uniendo bajo una coalición llamada Fuerzas Democráticas Sirias (SDF).

En su papel de mediador, Rusia mantuvo reuniones con los presidentes de Siria y Turquía por la situación de Idlib, así también realizó ejercicios militares conjuntos con Irán, y sostuvo encuentros con Netanyahu, mandatario de Israel. En relación a esto último, Israel espera que Rusia pueda contener la presencia militar de Irán, especialmente en la frontera entre Israel y Siria. Si bien se sucedieron varios incidentes que pudieron tener consecuencias diplomáticas, ambos países mantienen contactos estrechos, ya que sus mandatarios se reúnen periódicamente. Todo esto en el contexto de una menor presencia norteamericana, producto de la política del presidente Donald Trump, que retiró gran parte de sus tropas de Siria en octubre del año pasado y que solo parece ocuparse de algunos temas en Medio Oriente, como es el caso del conflicto árabe-israelí.

Así, el Kremlin juega un papel clave en la solución del conflicto sirio, ya que cualquier acuerdo debe considerar sus intereses. Además, al poseer el poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y con el apoyo de China, todas las resoluciones consideradas contrarias al principio de no intervención en los asuntos internos de otros países discutidas en este órgano con respecto a Siria son vetadas por ambos. Según un artículo de Magen y Rabinovich publicado en la revista INSS Insight, Putin remarca sus buenas relaciones con todos los países del Medio Oriente, y su interés en fomentar la cooperación en la región como un sustituto a Occidente. Por lo tanto, su intervención en Siria es solo una pieza más en la estrategia de hacer que Rusia vuelva a estar en el centro del orden global.

Con la pandemia del coronavirus expandiéndose por el Medio Oriente, varias organizaciones internacionales han pedido el cese inmediato de las hostilidades para evitar a los civiles “un sufrimiento adicional”, según lo declarado por el enviado especial de Naciones Unidas para Siria, Geir O. Pedersen, y recogido por Europa Press en abril. El virus aceleró la crisis humanitaria en Siria, lo que hizo que Rusia ofreciera asistencia médica al gobierno, replicando esta estrategia en otros países afectados. Ahora bien, la disputa dentro de la familia de Bashar al-Assad, el colapso de la economía siria y algunas señales de tensión en la relación con Rusia son factores que contribuyen a la debilidad del gobierno sirio. Algunos diarios rusos recientemente criticaron al gobierno sirio por su “intransigencia y corrupción”, lo cual parece sugerir que la negativa de Al-Assad de realizar reformas políticas[1] está afectando su relación con uno de sus principales aliados, Vladimir Putin. Otro hecho que parece preocupar al gobierno es la intensificación de las actividades terroristas del Estado Islámico y de Al-Qaeda, que atacaron varias posiciones del Ejército sirio cerca de campos de petróleo, conduciendo a enfrentamientos con las fuerzas gubernamentales.

Cualquier solución que se proponga para resolver este conflicto, tendrá que satisfacer los deseos de varios de los actores involucrados, especialmente los rusos, ya que este país es uno de los actores centrales y tiene el poder de cambiar el rumbo de los acontecimientos en su beneficio.


[1] Reformas que podrían abrir las puertas para el financiamiento occidental y del Golfo Pérsico, en un contexto donde ni Rusia ni Irán están en condiciones de inyectar los dólares necesarios para reconstruir y reactivar la economía siria.

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